Sustraer uvas y vender vino, el negocio de las redes sociales.
Sustraer uvas y vender vino, el negocio de las redes sociales.
El derecho romano ya resolvió un problema que hoy plantean las redes sociales con los menores: quien se apropia de algo ajeno y lo transforma no puede quedarse con el beneficio. La pregunta es por qué seguimos midiendo el daño por la uva y no por el vino.
Hace casi dos mil años, los juristas romanos discutían un caso que parece sacado de un manual de primero de carrera. Alguien roba uvas a su vecino y las convierte en vino. ¿Qué le debe a la víctima? La respuesta que acabó imponiéndose tiene una lógica implacable: el ladrón no puede salir ganando con su propio ilícito. Si las uvas se han convertido en algo más valioso, es ese valor el que cuenta. Nadie puede beneficiarse de su propio fraude.
La escena viene a cuento porque describe con bastante precisión lo que ocurre cada día en los teléfonos de millones de niños y adolescentes.
1.- La cosecha invisible
Lo que una red social obtiene de un menor parece poca cosa si se mira por separado: un “me gusta”, unos segundos de pausa ante un vídeo, una búsqueda nocturna, una foto en el patio del instituto. Son uvas sueltas, casi sin valor individual.
Pero muchas de esas uvas se recogen en una viña ajena. En España, la edad mínima para consentir el tratamiento de datos personales es de 14 años, y la verificación de edad sigue siendo, en demasiadas plataformas, una casilla que cualquier niño de diez años aprende a marcar. El consentimiento de los padres, cuando se pide, suele ser un trámite.
Y el diseño de las aplicaciones, con su desplazamiento infinito, la reproducción automática y las notificaciones calculadas al milisegundo, está pensado para retener a un usuario cuya capacidad de autocontrol todavía está en construcción.
2.- Donde está el negocio
El valor no está en la uva, sino en la bodega. Con esos datos dispersos se elaboran perfiles capaces de anticipar gustos, estados de ánimo e inseguridades. Se vende atención en forma de publicidad. Se entrenan algoritmos de recomendación y modelos de inteligencia artificial que seguirán rindiendo beneficios mucho después de que el dato original se haya olvidado. Y se fideliza a un cliente que, captado a los once años, tiene por delante décadas de vida comercial.
Ese es el vino. Y ahí está el problema: si la respuesta jurídica se limita a valorar las uvas, es decir, unos datos personales tratados sin base legal, incumplir sale a cuenta. Se paga por la materia prima y se conserva la cosecha.
3.- Las herramientas ya existen
La buena noticia es que el ordenamiento europeo ha empezado a mirar hacia la bodega. El Reglamento General de Protección de Datos permite sanciones de hasta el 4 % de la facturación mundial, y el Reglamento de Servicios Digitales eleva ese techo al 6 %. Este último prohíbe además la publicidad basada en perfiles cuando la plataforma sabe que el usuario es menor, y exige que los servicios accesibles a menores garanticen su privacidad y seguridad desde el diseño. El Reglamento europeo de Inteligencia Artificial va más lejos y prohíbe los sistemas que explotan las vulnerabilidades derivadas de la edad para modificar el comportamiento de forma perjudicial.
En Estados Unidos, la Comisión Federal de Comercio ha ensayado una fórmula especialmente elocuente: obligar a las empresas a destruir no solo los datos de menores obtenidos ilegalmente, sino también los algoritmos entrenados con ellos. Es exactamente la intuición romana. No basta con devolver las uvas; hay que vaciar las barricas.
Queda pendiente un debate que los tribunales tendrán que afrontar tarde o temprano: si la indemnización a las víctimas debe calcularse, como ya ocurre en propiedad intelectual, atendiendo a los beneficios que obtuvo el infractor.
4.- Explicárselo a un adolescente
La analogía tiene una virtud añadida: se entiende sin necesidad de citar un solo artículo. Cuando una aplicación es gratuita, no cobra en dinero. Recoge uvas: tiempo, gustos, fotos, lo que divierte y lo que preocupa. Con eso hace vino, que es lo que vende. Y el vino vale mucho más que las uvas.
A partir de ahí, las preguntas que conviene plantear en casa o en el aula ya no son de prohibición, sino de criterio. Qué estoy entregando sin darme cuenta. Quién hace el vino y quién se lo bebe. Por qué esta aplicación quiere que me quede cinco minutos más.
5.- Una responsabilidad compartida
Nadie queda al margen. Al regulador le corresponde medir el daño por el vino, para que el incumplimiento deje de ser un buen negocio. A las plataformas, dejar de vendimiar en viñas que no son suyas. A las familias, acompañar y pactar más que vigilar. Y a los propios menores, aprender a reconocer el valor de lo que entregan, una habilidad que les seguirá protegiendo cuando dejen de serlo.
Roma ya lo tenía claro: quien transforma lo ajeno sin derecho no puede quedarse con el resultado. El reto de nuestro tiempo es aplicar esa vieja lección a una viña que no vemos, porque cabe en el bolsillo.
Ramon Arnó Torrades. www.lafamiliadigital.es


