Del ABS a la DSA
Uno de los aspectos más importantes del Reglamento de Servicios Digitales (DSA) es que la responsabilidad de las plataformas ya no es igual para todo el mundo. Esto quiere decir que si las competencias digitales de los usuarios menores son lógicamente más bajas, el deber de diligencia y protección de las plataformas lógicamente tiene que ser más elevado.
Para entenderlo de manera gráfica, podemos poner como ejemplo cómo ha evolucionado el mundo de los coches. Hace cuarenta años, cualquier conductor tenía que tener nociones de mecánica básica como cambiar una rueda, limpiar una bujía o vigilar el nivel del aceite. Si el coche sufría una avería la responsabilidad de salir de ese lío requería cierta pericia por parte de quien conducía, de forma que quien sabía más de mecánica estaba más protegido ante los imprevistos de la carretera. Conducir por la noche por una zona despoblada sin móvil ni GPS dejaba la seguridad en manos de la propia pericia mecánica del conductor.
Hoy en día, en cambio, nadie espera que un conductor sea un experto mecánico para ponerse al volante. Los coches modernos incorporan estándares de seguridad pasiva y activa obligatorios de serie como el ABS (sistema antibloqueo de frenos) y los sistemas de frenado de emergencia, que son dispositivos diseñados para evitar accidentes y mantener el control en situaciones críticas. Y la razón que explica por qué los coches modernos tienen tantas medidas de seguridad es básicamente legal, puesto que los fabricantes de coches tienen la responsabilidad legal de diseñar los vehículos con medidas que protejan los ocupantes por defecto, sin delegar toda la seguridad en la habilidad del conductor.
¿Y qué tiene que ver esto con el entorno digital y los menores?, pues que durante demasiado tiempo, con el uso de tecnología digital se ha hecho justamente lo contrario: se ha permitido conducir a los menores por una autopista digital llena de peligros y se les ha exigido ser expertos mecánicos con un criterio de hierro por no sufrir accidentes. Ahora por fin la normativa europea cambiar este paradigma: igual que los fabricantes de coches tienen que asegurar el vehículo desde el diseño, las plataformas tecnológicas tienen que poner las medidas de protección de serie, especialmente para aquellos usuarios con menos madurez como los niños.
Este cambio de enfoque se traduce en más garantías o medidas de seguridad para los menores. La protección a medida según la etapa madurativa quiere decir que una red social o una plataforma de entretenimiento, no puede tratar del mismo modo un adolescente de dieciséis años que un niño o niña de diez años que apenas empieza a explorar el mundo en línea. Las medidas de seguridad, por lo tanto, se tienen que adaptar a la realidad evolutiva de cada franja de edad. Por lo tanto, cuanto menos formado digitalmente está el menor, más grandes son las obligaciones legales de protección, lo que obliga a blindar el entorno digital por defecto: desactivar funciones adictivas (como la reproducción automática o el scroll infinito), eliminar diseños engañosos (dark patterns) y evitar trampas de consumo o pérdidas de privacidad. Y también el final de la peligrosa falacia del nativo digital o dicho de otro modo el «ya se espabilarán». La normativa europea tumba el mito que los niños nacen con un móvil bajo el brazo y saben navegar por instinto. Saber deslizar una pantalla no equivale a tener criterio para defenderse. La responsabilidad principal recae, por fin, encima de quién diseña la herramienta y no de la familia y sus descendentes.


